Acrofobia

Está jodidamente alto. Este no es un rascacielos, pero es lo suficientemente alto, como para decir que está jodidamente alto. No sé si tan jodidamente, pero es lo suficientemente alto. Lo suficiente, con esto me basta y me sobra; de seguro me va a bastar la caída y de seguro me van a sobrar algunos pisos, aunque tal vez con menos pisos no sea suficiente. Es que aquí está alto y yo estoy suficientemente jodido.

Frío, viento helado. No es mucho el viento, pero en su silencioso avanzar, se apodera de mi sangre y congela mis arterias, penetra mi pecho como una espada, en un acto frío que si tuviera color, sería blanco. Pero todo es negro, más que la noche, que a esta altura, parece amarilla. Tal vez es el frío, la neblina o las ampolletas del tendido eléctrico, pero la noche toda se ve amarillenta, un amarillo nuboso, un amarillo hermoso. Que lástima que todo sea tan negro.

La calle se ve difusa, solitaria, iluminada por el reflejo invisible de la luna en la creciente niebla, que a esta hora lo cubre todo, como abrazando edificios, como abrazándome a mí, sentado en el borde del techo de un edifico. Nunca me han gustado los edificios, le temo a las alturas y jamás podría vivir en uno. Tampoco me gusta estar a estas horas de la noche sentado en el borde de uno, balanceando los pies, con la ropa cubierta de sangre, cargado de arrepentimiento, deseando no morir de frío, pero deseando morir en una caída fulminante, en un baile mágico por el aire que termine con todo y solo quede una mancha roja en el suelo, solo una mancha para que le tire agua con la manguera, el estúpido conserje. Acabar la existencia inocua y dejarle solo una fea mancha como recuerdo. Un recuerdo que no tiene quien lo recuerde, como una bella flor en la cima de una montaña, que se despliega con todos sus colores, sin tener quien la aprecie. ¿Dónde se guarda la belleza de las cosas que nunca nadie aprecia?, ¿Dónde voy desplegar mis colores, si no tengo quien los aprecie? La única persona que se deslumbró con mi colorido, se llevó mis colores con su muerte.

Siento que puedo gritar sin que nadie me escuche, mentir, sin que nadie me crea, morir sin que nadie me mate, vivir sin que a nadie le importe o solo podría quedarme estático, bajo un silencio inmóvil de pestañas sin ojos o miradas sin labios, y no es una sensación que me acomode; toda mi vida he creído ser el centro de todo lo que me rodea, como si bastara una sola lágrima mía para que todo el planeta llore conmigo. Ahora estoy solo y mi llanto no tiene basijas que lo contengan ni caricias que lo consuelen.

Solo un pensamiento occiso, me acompaña, tras la brutal despedida de mi mujer amada. Ella se fue, y se llevó consigo la verdad de mi existencia, mi complitud, mi alma y próximamente también mi cuerpo. Amor era solo una palabra corta, antes de que yo le inventara el concepto apropiado. Dios, como quiero a esa mujer; Dios, como quise a esa mujer. La última vez que la vi, lucía hermosa, radiante, viva, blanca, pura, con su rostro como una fotografía, con la misma cara del día en que la conocí, cuando miraba absorto una figura de cristal, en algún mostrador de cristales, mostrador de vida, la vi a través de un cristal, un cristal apoyado en otro cristal, una figura de cristal, una figura apoyada en un cristal, en un vidrio, apoyada en un espejo. Su propia redondez, hacía al cristal absorbente, de todas las formas que lo rodeaban. Cristal, dueño de una transparencia lógica, se adueñaba de su prístina imagen, se apoderaba también del entorno incoloro y lo reflejaba con formas únicas, siempre redondeadas. La luz atravesaba ingenuamente el cristal, sin temer que este la utilizase a su antojo, y escupiera formas y colores que ni el creador del cristal, ni el creador de luz, jamás concibieron. A través de su figura, redondeada y cristalina, casi como un sueño, imaginé una mujer, una mujer de cristal, hecha de carne, de carne y cristal, plantada frente a mi, parada sobre un espejo. Recuerdo como el cristal de sus ojos me envolvió en destellos verdes y relampagueantes. Por un segundo creo que imaginé mi destino, mi triste destino, de final trágico y comienzo luminoso; luminoso como este extraño cristal; cristal, apoyado en otro cristal.

Entonces en mi cabeza sonó un clíck y la fotografié inolvidable, con el mismo rostro que tenía la última vez que la vi, la última vez, hace veinte minutos, con su cabellera desatada, como pidiendo viento, era un volantín fuera de temporada.

Siempre amé su pelo y me maravillé las mil y una vez que se sacó el colet, para soltárselo, que digo soltárselo, aunque debería decir desatárselo, porque toda la ceremonia terminaba como un gesto furioso, con su pelo rebosante de libertad, como una marea rabiosa; suelto acariciando su espalda, jugando con sus hombros, transformando la noche en día, enmarcando el edén de su rostro, ese que soñé toda mi vida, ese que imaginaba mirar desde niño, ese que dibujaba antes de verlo por primera vez, ese que empapé de lágrimas al verlo la última vez. Rostro dueño de la plenitud de la belleza, como si todas las cosas bellas del mundo hubieran aportado con un átomo para la creación de esa imagen, imagen imaginaria, imagen perfecta a la cual solo le faltaba mi presencia, para que el conjunto entero me sonriera. Me sonreía con sus ojos verdes, paltas, amarillos y verdes, amarillos, eran dos soles, verdes como tallos de plantas al comienzo de su crecimiento, amarillos en las noches y verdes en el día, blancos en la tristeza y azules en la alegría. Siempre me hablaba con sus ojos y me sonreía con su mirada interminable y yo me ahogaba gustoso en la infinitud de su mar verde, en su niebla amarilla.

Yo he tenido en mis manos todo los que se va. Las noches siempre se sucedieron, en un escalar imparable, corriendo tiempo, dedos, arena, entre mis dedos. Amo y muere, construyo un paraíso a su lado y el viento de mi estupidez, la elevó por los aires y arrancó mis manos de las suyas, esas manos de dagas terciopelo, blancas testigos de algún pasado monárquico, cadenas inevitables de las mías que siempre buscaron atarse a su universo, uni-beso; nacidas para morir amarradas a las tuyas. Era palpitante, caminaba siempre sobre tejados de plumas con su silueta escarchada, al filo de un lamento, bañada de pétalos, con el olor tibio del chocolate, que huelo y distingo desde lejos, como al océano. Mis brazos necesitan los suyos, como sus abrazos, siempre necesitaron los míos, como apegada a un colchón de pétalos secos, incansable ante mi sosiego violento, en la comodidad de mi trato de espinas, fiera y salvaje, sedienta, indomable como la parafina, dibujando sonrisas en las nubes y plantando deseo en los viñedos, ardiendo juntos en hogueras ciegas, en horas escondidas, nos amamos con un perfume viejo y un silencio y nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura, hasta que la sentía temblar contra mi, como el reflejo sinuoso de la luna en el mar.

Para vivir un gran amor siempre creí que era necesario ser un hombre de una sola mujer, podría ser de muchas, podría ser de quién quiera, no tiene ningún valor, cuando se ama a la mujer indicada. Que era necesario saberse caballero y ser de su dama por entero, tratarla como una flor, hacer del cuerpo una morada donde se clausure a la mujer amada, y portarse como si fuera una espada. Para vivir un gran amor había que compenetrarse en la verdad y recordar que no hay amor sin fidelidad. No bastaba al menos con ser un buen sujeto, había que tener mucho pecho, para abrasar todas sus mañas y tratar siempre a mi amada como a mi primera enamorada. Para vivir un gran amor era muy, muy importante vivir siempre juntos, para no morir de dolor. Era necesario un cuidado permanente no solo del cuerpo, sino también de la mente, porque cualquier vacío, la amada lo siente y se enfría un poco el amor. Había que ser bien cortés, sin cortesía; dulce y conciliador, sin cobardía; saber ganar dinero con poesía, pero no ser un ganador, eso nunca iría conmigo. Para vivir un gran amor, era necesario hacer de la vida una canción, y cantarla entre calles desiertas, altos edificios con seudo-suicidas sin vocación suicida, pero sin otra salida. Para vivir un gran amor tenía que vivir para dar; dar para respirar; pagar sin contar cuanto me den de vuelto, robar sin importar la condena, acariciar las hojas de los arboles secos y bañarme sin importar, en los pantanos más fétidos, que importa cuando se ama, cuando incluso me animaría a salir a bailar por las calles con desconocidos, vociferando por una felicidad que no alcanzo a oler, pero que me la estoy bebiendo a destajo. Para vivir un gran amor siempre creí en los cuentos utópicos que me hicieron tragar desde niño. Siempre creí en el romanticismo barato, en todo lo que me vendieron por televisión y me di cuenta que buscando un gran amor, había perdido el verdadero sentido de la relación con una mujer, cegándome a la nueva dimensión del mundo que me daría mi difunta amada Viví una vida común, buscando a mi amada debajo de los papeles botados en la vereda, en las discotecas, en los cementerios, en la universidad y en el metro; pero no sabía buscar, solo sabía encontrar, encontrar en cada mujer algún rasgo imperceptible de ese ideal de amor, de mujer y de vida; no sabía ver claro, con ojos de bolitas de vidrio, con vendas de momias, amarrándome a una vida de desencuentros y amores planos. Dentro de mi ceguera, siempre le agradecí as ojos, la capacidad de observar con claridad los corazones de las personas, ya que fue ella la que me encontró a mi y se acercó sin que la llamara, amándome antes de que me diera por amado. Se acercó con paso de gacela a mi pecho, antes mutilado con mujeres equivocadas, con relaciones confundidas por ese afán enfermizo de vivir un gran amor. Ahora ya es tarde para arrepentimientos inútiles, incapaces de revivir lo que sentía cuando vivía embriagado de mi gran amor, incapaces de revivir a mi amada, asesinada y cien veces apuñalada por un celo ciego que me sacó los ojos y plantó granadas en mis cuencas. Todo error cometido, luego de conocerla, solo tiene perdón con el final de mi vida de plegarias que no tienen quien las oiga y perdone; pero todo error antes de conocerla, se debió a que siempre viví creyendo las canciones de amor, sin darme cuenta que todo eso no tiene valor en esta selva oscura y desvariada, si no se sabe hallar a la persona adecuada, para vivir un gran amor.

Parece que lloverá y yo aquí cagado de frío, pensando en un escape inútil y alguna salida fácil para acabar esta tortura. Miro al cielo y dudo que llueva, pero miro después al suelo y me convenzo que lloverá, una lluvia de fuego, una lluvia de sangre. Fuego en lenguas de noche sobre la ciudad solitaria, fuego con color a fuego y olor a sangre, que al tocar el cielo coagulará e inundará las calles, secando también las plazas. Y me llevaré con mi lluvia de fuego a todo el mundo mundano que convivió conmigo todos estos años; y me llevaré también, el cuerpo de mi amada, ahora, de expresión inanimada. Todos abrasados por este fuego frío, que moja cálido, que se siente áspero, pero que penetra la piel y corroe los huesos. las sombras de este siniestro se confundirán con mis manos que se alzarán al cielo pidiendo misericordia, mientras me queme por dentro, con aquellas lágrimas rojas ingrávidas que bombardearán las nubes, en un intento vano de alcanzar el techo y final de las cosas. Espero una caída-subida que me derrita en combustión instantánea, con la ferocidad de mil cigarrillos quemándose en mi espalda, flagelado por su hermoso recuerdo y su triste presente, yaceré postrado en la acera contigua a su edificio. No puedo vivir amando su fantasma; no puedo vivir sin perdón, ni olvido. Mejor es un final rápido que corte el remordimiento, como un cordón umbilical. Jamás podría lavarme esta sangre de mis manos y aunque me cortaran las manos, jamás podría vivir sin tenerla a mi lado, en esta noche clara, ya no puedo regocijarme con su voz que todo lo llenaba, como el agua, como la sangre de sus venas regando el departamento, como mi lluvia de fuego que arrasa con nuestro pasado cruento.

Su recuerdo marcaría mi existencia, si esta durara más allá de esta noche. Recordándola quieta, como de mármol, silenciosa y calma de charco abandonado por las pisotadas, paseándose por el mundo, bendiciendo cada una de sus pisadas, disfrazada de mar, en paz y pleno. Recordarla azul, dorada, blanca, rojiza, sangrante, errante, bailando con su sombra, me hace estirar los brazos al aire y jugar con mis manos, acariciando el viento, como si la alcanzara a tocar, incluso, alcanzo a sentir la tibieza de su cuerpo en las palmas de mis manos de hielo glaciar, inmaculado, que en el aire frío se derriten y gotean como lágrimas de amor, bañando de rocío las flores del cementerio. Con su muerte firmó mi último anochecer; se fue y me dejó sentado en la cima de su edificio, mirando el viento, tratando de encontrar la punta de la madeja, buscando un astro muerto, para volverlo a la vida, en ese viento que la arrancó de mí en cenizas negras.

Enciendo, más con la mirada que con mis manos temblorosas, otro Marlboro, mientras me quedo sentado en la orilla, como silbando sin emitir sonido, mirando fijamente la estrella solitaria que humea entre mis dedos. Se consume mi tristeza derramando un humo espeso. La tristeza no tiene fin; la felicidad si. Una felicidad que era la pluma de un pájaro que elevaba el viento por el aire, era la espina que no se ve, pero que tiene cada flor, como la playa que el mar le robó la arena, era como la vida que llega sangrando abierta en pétalos de amor.

Tirito, confundido, atado por una cinta invisible de alma a alma, a su imagen virgen y gloriosa que me aplaude en su lecho como las palomas cuando emprenden el vuelo. Destruido y en escombros preparo un final al tormento de mi culpa, pensando que quizás durante la caída, pueda escuchar su respiro y darme por pagado, a tanta tierra y piedras que han marcado este insomnio doloroso y enfermo, que se vuelve rosa, que se vuelve altar, que renace ante tu dulce presencia inmortal, alejada de cualquier concepción previa posible, amarrado a un mechón de tus cabellos espero terminar antes del amanecer, con cenizas de sol en mis manos, confinado a un amor que me dio la vida; un amor que me dio la muerte.

Me quedo como extraterrestre sublunar, amando su cuerpo celeste, esperando morir en la terreneidad de sus brazos abiertos, crucificarme en su cruz, arrimarme a su sombra gigante, omnisciente, nublando mi presente, tratando de interrumpir su silencio permanente, la indiferencia que nunca deseó darme, en una tumba de animales exóticos, una pala con basura o un trozo de madera roída por la lluvia. Soy enteramente un miserable, me dio su amor y le respondí con su horrible muerte a manos del puerco verdugo de su existencia, juez de su voluntad y asesino de su inocencia. Egoísta, monstruo, acabé con la vida que brotaba de nuestra unión, para no separarla de mi, para que me fuera más querida, para castigar su conciencia, desequilibrada, por amar de más, por ser la reina de la primavera y haber amado al rey del otoño y el invierno; amor que no supo amar, inconexo, aturdido, temeroso y a la vez feroz, celoso, mortal, casi fúnebre.

Mujer de pasión, de música, de lugares ocultos y sentimientos desvariados; mujer que fue vida, llanto y quebranto de remordimiento, de vida que se presenta tan perfecta, que fue como la propia luna, tan linda que acaba cualquier sufrimiento, tan llena de pudor que vivió en una esfera y que cuando me topé con ella, sabía que había que tener cuidado, para no caer enloquecido por un romancero mágico que te transporta en una nave que solo ella controla, aunque todos los peligros de la vida están de más, para quien tiene la pasión. Nunca estuve seguro, pero como que siempre supe que al final iba a llorar, porque hasta el perdón se cansa de perdonar y a esta altura ya no hay perdón que pueda detener mi salto, mi fuga para encender lo incierto y apagar el sol, salto que me hará caer en el sin fin, buscando rebotar en alguna espina de pescado, que jamás encontraré en este oasis de cemento y lágrimas que se transformará en mi sepulcro.

Yo que andaba en una oscuridad toda mi vida, viviendo como un ente que oye y no habla, que oye y no ve, que reza y no cree, que fuma y no traga, que entra y no cabe; de repente me cambió todo con la aparición de esta mujer que me robó mi sueño de soledad, me mostró lo que temía ver, sin pedir licencia ni autorización, vino desenfrenada hacia mi, para hacerme enloquecer, hacerme dormir siempre queriendo despertar, para después de nuevo convivir, con esa luz que iluminaba mi vida, con ese fuego que me hacía arder. Hasta hoy la gente me consideraría un hombre normal, pero si el amor es una fantasía, yo me encontraba últimamente en pleno carnaval.

Espero, como si alguien viniera a recogerme, fumando mi Marlboro, aquel que le da el ph a mi boca, creando el sabor que ella disfrutaba cuando le entreabría la boca transformándose en tierra y camino, y en la hora del beso, cada uno fuimos boca y racimo. Boca de sonrisa santificadora, que volvía todas mis miradas torpes como pájaros enjaulados. Boca que le dibujé en la cara y se la surcí con besos. Besos de boca, boca de boa, boa de huesos, huesos y besos.

Han pasado las horas quejándome por haberla perdido y aún no me convenzo del final trágico de mi amor, de mi celo. Celos por un nombre que se repetía subliminalmente, hasta un punto insoportable en el que, animado por el demonio que llevo dentro y que manipuló el cuchillo con el que le di muerte, hice arder su confianza y su fidelidad, dudando de lo que hacía y dejaba de hacer, dudando incluso de su integridad como alma, como portal místico de mi felicidad. Un nombre que muy tarde me di cuenta que era mi propio nombre, fue lo último que me dijo con sus ojos, antes de dejarlos abiertos, como las puertas del cielo. Yacía sangrante en la cama de su departamento, estocada como una sandía, risueña hasta en su asesinato. Todo estaba como iluminado por una luz roja imperceptible, que de pronto se apagó como una vela y que en la creciente claridad de la habitación, me reveló toda la maldad que contenía en mi interior y que me obligaba estropear todo lo que hacía, ensuciando con mierda la paredes más altas de mi integridad. Obligado por una perversión adquirida en la vida entre los mortales. La vida, antes de conocerla, la vida de un hombre nacido hombre y que fue criado por los perros.

Yo soy todo lo que fui. Un hombre atado a un designio cruel que marcó su existencia. Aprendiendo de la pesadilla de vivir en un mundo sin amor, un mundo de enemigos, sin hermanos o compañeros de estancia en el planeta. Un mundo que desde el nacer, me enfrentó con la cuna que me parió y me enseño el odio y la maldad de aquello, tan lejano y ajeno como la misma palabra, el prójimo.

Pero todo mi llanto, no es desconsuelo de pérdida, sino que el llanto emocionado de un resurrecto, de un hombre muerto, que pasó su triste vida de zombi, conviviendo con la pequeñez del ser humano, pero que gracias a un ángel carnal y sedentario, conoció la vida eterna. Reconozco la culpabilidad que me cabe de todas mis acciones, pero un zombi no está preparado para la vida. La inolvidable mano, que se hace mujer y me tomó del brazo, me empuja ahora a un triple salto mortal al vacío, a la nada, o al todo, a la eternidad; Solo ella conocía el secreto de la existencia y la verdad primera, esencia de todas las cosas; Las pequeñas cosas que forman el todo, formando una vida de complejidad, uniendo todas las almas del planeta, que convergen en el TODO infinito, auto reproductivo, que se alimenta de las vidas de millones de personas que han vivido, amado, odiado y muerto y que en su pasar, magnificente o inadvertido, se han transformado en las ruedas que le dan movimiento a este todo imparable, eterno, que arrasa con vidas cansadas o prósperas, que forma el paraíso en la tierra. dilema, el encontrar el modo exacto de influenciar correctamente a la humanidad. Que bello es vivir, sembrando amor y que triste es morir sepultando ese mismo amor. Con ella aprendí el amor increíble por la vida, las cosas bellas y las cosas pequeñas, emocionarme con el sonido de la risa de los niños, s ella, ella; si todos en el mundo fueran iguales a ella, no necesitaríamos el cielo, porque ya estaríamos en el. Ella me enseñó a amar y ver el amor que brota en sudor cálido en todas las criaturas de la tierra. Cada persona, cada grano de arena, cada punto de una recta, ejerce una influencia imperceptible en el futuro de la humanidad como un todo. Es ahí donde radica la eternidad de nuestras almas, enfrentando al nacer un mundo construido por otros y destruido por algunos, pero con la posibilidad de dejar un mundo escrito con nuestro propio puño y letra.

Arrepentido, suicida arrepentido, pero suicida de todos modos, buscando calibrar la locura de vivir, ahora que mi vida no está a mi lado y solo me acompaña ahora una lluvia tenue, que recién comienza a mezclarse con el agua salada de mis lágrimas, esparcidas por toda la azotea y que caen por las canaletas del edificio, emitiendo un bombardear sonoro constante pero carente de ritmo uniforme. Leo mi pasado como un libro con tinta mojada y corrida por la lluvia; como leen los computadores, que leen sin saber leer. Mi pasado es mi jurado romano, con el dedo pulgar apuntando hacia abajo, pero mi tardío conocimiento del amor verdadero y el sentido de la música que escuchan todos, me hace pensar que mejor que una caída al vacío, sería un salto que desplegara mis alas y me encumbrara sobre la nubes, que ahora derraman su furia. Sabía que llovería, ya que siempre mi llanto es el lamento del mundo entero. Quiero saltar, pero temo resbalar con el agua.

Acrofobia. Nunca he conocido el verdadero temor hasta hoy día. No es la altura, sino el miedo de vivir con la ausencia de la mujer amada, con la culpa de haber reventado con mis propias manos el castillo que construimos con nuestro amor. Enloquecido, enfermo y ciego por un amor mal entendido, he ensuciando toda la felicidad que ella forjó en mi vida, todo lo que ella plantó en mi corazón; un arcoiris, un río de agua limpia, un sol que resplandecía en el cielo y formaba una cascada de alegría y me hacía un esclavo; un esclavo de la alegría.

Vértigo no es lo que siento cuando miro el distante suelo, sino lo que sentía cuando ella estaba conmigo. Miedo he sentido toda mi vida, de vivir este momento, miedo de perder, de avanzar sin poder retroceder, de que mi freno de mano, lo controle el destino y no yo. Trato de revisar que me ata y que me aleja de ese cemento frío, ahora mojado, que me espera con sed de venganza y no encuentro un buen adjetivo, para tanta confusión, tal vez lo más claro sería decir: feshcvtrhnksyvzvsdf, o algo que se acerque a la turbiedad de mi razón.

Acrofobia le llaman. Echémosle la culpa a la altura, de esta prisión que posee mi ser y le impide sistemáticamente encontrar la salida; encontrar la mejor excusa para devolverme por las escaleras y tomar un taxi a casa. Pero no puedo ya devolverme, así como tampoco puedo saltar sin conocer la esencia de mi ser, en cuanto a ser y desaparecer desconociendo las determinaciones que limitan mi existencia y que me hicieron limitar también, las de mi mujer amada.

Me paro en borde de la azotea, cuidando no tropezar, miro el horizonte y veo que comienza a amanecer, que maravilloso es el amanecer. Que bello es vivir, pero vivir amando, vivir amado, vivir un amor, una sonrisa y vivir una flor.

A llegado el momento. Mi acrofobia ha sido superada por el canto de los pájaros y el sonido lejano y gutural de las micros. Marcado por un ocaso eterno, me enfrento a mi destino y trato de no distraer mi concentración.

Se escucha un silencio y no le presto atención; estoy absorto de vida y sediento de muerte, temeroso de arrepentimiento y con pánico a un final tatuado en el hombro. Nada tiene entonces, tanta emoción; en el vértice de la cornisa, con un viento helado que me empuja, y que ignoro; porque estoy con los ojos perdidos en el encuentro lúdico del cielo, las montañas y el sol; respiro hondo, cierro los ojos y siento toda la tierra rodar.

Claudio Lobos Carreño.

5 Comments

  1. Me encanta, de verdad, es una manera increíble para expresar los sentimientos, me he quedado sin palabras.

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